
Kopa, el chambelán, había permanecido callado. Sorprendido por el arrebato y mirando, al fondo, el jardín, le dijo a Ginebra:
- No tienes por qué dejar nada. No puedes dejar de reinar. Lo sabemos. Pero existen soluciones para todo.
- La felicidad no es negociable, murmuró Lea Msi, el hechicero etíope. En verdad, nadie es imprescindible. No hagas caso más que a ti misma. Y tú, no le hagas ésto Kopa; por una vez, dejémosla ser feliz.
Nem Rac, la presidenta del Consejo de Mujeres del Reino, preguntó:
- Y él, ¿qué opina?
Ginebra, el chambelán y el hechicero la miraron con cara de estar preguntándose ¿Qué opina quién, y de qué?
- El payaso. Vino a responder Nem Rac a aquella pregunta no hecha. ¿Qué opina él? ¿Te quiere? ¿Sabe siquiera quién eres? ¿Qué está dispuesto a hacer por ti?
Volvieron a pensar los tres a un tiempo: ¿A quién le importa la miserable opinión de un payaso?
-¡Daré orden de que regrese el cómico! gritó Ginebra con voz desencajada. ¡Mandaré que me lo traigan cargado de cadenas! ¡Lo someteré a mi destino sin importarme un ápice el suyo! ¡Eso ordenaré!
-Existen métodos más sutiles, comentó Kopa, con esa voz que pretende que todo es negociable, la voz que emplea quien se sabe con poder. Puede hacerse de manera discreta. El puesto de bufón está vacante. Pronto será invierno y la corte se aburrirá sin su presencia. Convocaremos a todas las compañías de cómicos. No habrá uno sólo que no luche por ese puesto.
Nem Rac y Lea Msi asistieron con la cabeza.
La reina no permaneció en silencio más que unos breves segundos.
- ¡Pero él descubrirá quién soy! ¡Me odiará por ello!
- No, mi reina, terció Kopa, siguiendo con su razonamiento. No debe saber, de momento, quién eres.
Ginebra guardó silencio. Entendieron con ello que otorgaba.
- No se hable más, intervino Lea Msi, prepararé un bando convocando a los cómicos.
- No te preocupes de nada, añadió Nem Rac, todo saldrá bien. Déjalo en nuestras manos.
Se redactó un bando y los amanuenses hicieron miles de copias. Recorrieron los heraldos el reino. Clavaron el bando en cada árbol del camino, en cada puerta de cada casa. La cita quedaba señalada para el primer domingo de otoño. Por orden de la reina, todas las compañías de cómicos debían estar presentes, abandonar sus compromisos y acudir. Para escoger al mejor, no podía faltar nadie.
A Lea Msi, entretanto, se le fue la mano con el beleño y la amapola y Ginebra durmió siete días y siete noches seguidas. Las pócimas no pudieron evitar que soñase durante cada uno de los minutos y de las horas de aquellos días y aquellas noches. En sueños corría por las calles. En sueños abrazaba el cuerpo de un gigante. En sueños sentía sus labios. Notaba sus manos sobre la ropa, buscando la piel.
Y, como suele suceder, no todos los sueños fueron placenteros. Así, entre todos los horrores de esas horas, la reina recordó el más terrible: la malvada cara del Negro Arien espiando sus pasos.
Arien Rei Vaj era el capitán de la Guardia Real y reputado musulmán converso. De ojos pequeños y barba blanquinegra, su fama de malvado imprimía carácter al cuerpo de guardia e infundía respeto en todos los súbditos del reino. Ginebra lo consentía, lo pasaba por alto y, en ocasiones, le recordaba con su firme voz de mando quién era la reina, quién ostentaba el poder. A él le dejaba un pedazo de gloria y sólo cuando convenía.
Conspirador temible, el Negro Arien había oído las palabras de la reina escondido tras las cortinas del salón; tomó de ellas lo que entendió interesaba a sus planes siniestros.
Así, tras los heraldos reales anunciando el bando por todo el reino, partieron los guardias de Arien. La orden era clara: encontrar al gigante, cargarlo de cadenas y conducirlo en el más absoluto de los secretos a las mazmorras del palacio.
Las compañías de cómicos estaban sorprendidas por el despliegue de medios del anuncio real. Nunca rey alguno había contado con ellos. Los bufones salían de donde fuera y nadie les daba explicación alguna ni por supuesto ellos la habrían pedido.
Acampados en un lugar apartado de todos los caminos, la compañía de cómicos de Harpo, el gigante, discutía. El payaso se negaba a regresar. No quería retornar a la ciudad que tantos recuerdos le traía. Los otros cómicos, por el contrario, querían participar en la selección real. La Señorita de los Tres Pechos estaba convencida de que los elegirían. La Mujer Barbuda también.
Tan sólo Harpo se resistía al regreso. No quería explicar a nadie el porqué. Había pasado el tiempo y prefería seguir olvidando. Su vida había cambiado. Había hecho todo lo posible por conseguirlo. El dolor de la despedida había dejado paso al descontento, el descontento a la rabia y ésta a la resignación. Tan resignado estaba que había consentido en casarse con la Señorita de los Tres Pechos. Los había casado un sacerdote mulián. No hizo preguntas. Apenas llevaban una semana de casados. Ahora ella, su nueva esposa, le pedía que volviese a la ciudad de su amor y su desdicha. No podía hacerlo. No debía.
Harpo había jugado con la suerte. A cada instante recordaba la mirada de Ginebra. Abrir los ojos, decía ella, era ver el sentimiento. Y ver era sentir un poco más. Sentía su olor y su sabor. Eso le consumía de pasión y de deseo. No podía volver. No podía volver a verla. Que fuesen ellos. Él no iría. Así lo hizo saber al resto de la compañía.
Los demás, por el contrario, decidieron presentarse a la convocatoria. La Señorita de los Tres Pechos no demostró dolor alguno. El resto, sólo un poco. La excitación por la partida era tan grande que no cabía otro sentimiento en ellos. Harpo, el payaso, comunicó su decisión de marcharse al Lugar Donde Se Entierran Los Sueños



