martes 27 de febrero de 2007

CAPITULO 5 EL BANDO DE AMOR DE LA REINA GINEBRA




Kopa, el chambelán, había permanecido callado. Sorprendido por el arrebato y mirando, al fondo, el jardín, le dijo a Ginebra:
- No tienes por qué dejar nada. No puedes dejar de reinar. Lo sabemos. Pero existen soluciones para todo.
- La felicidad no es negociable, murmuró Lea Msi, el hechicero etíope. En verdad, nadie es imprescindible. No hagas caso más que a ti misma. Y tú, no le hagas ésto Kopa; por una vez, dejémosla ser feliz.
Nem Rac, la presidenta del Consejo de Mujeres del Reino, preguntó:
- Y él, ¿qué opina?
Ginebra, el chambelán y el hechicero la miraron con cara de estar preguntándose ¿Qué opina quién, y de qué?
- El payaso. Vino a responder Nem Rac a aquella pregunta no hecha. ¿Qué opina él? ¿Te quiere? ¿Sabe siquiera quién eres? ¿Qué está dispuesto a hacer por ti?
Volvieron a pensar los tres a un tiempo: ¿A quién le importa la miserable opinión de un payaso?
-¡Daré orden de que regrese el cómico! gritó Ginebra con voz desencajada. ¡Mandaré que me lo traigan cargado de cadenas! ¡Lo someteré a mi destino sin importarme un ápice el suyo! ¡Eso ordenaré!
-Existen métodos más sutiles, comentó Kopa, con esa voz que pretende que todo es negociable, la voz que emplea quien se sabe con poder. Puede hacerse de manera discreta. El puesto de bufón está vacante. Pronto será invierno y la corte se aburrirá sin su presencia. Convocaremos a todas las compañías de cómicos. No habrá uno sólo que no luche por ese puesto.
Nem Rac y Lea Msi asistieron con la cabeza.
La reina no permaneció en silencio más que unos breves segundos.
- ¡Pero él descubrirá quién soy! ¡Me odiará por ello!
- No, mi reina, terció Kopa, siguiendo con su razonamiento. No debe saber, de momento, quién eres.
Ginebra guardó silencio. Entendieron con ello que otorgaba.
- No se hable más, intervino Lea Msi, prepararé un bando convocando a los cómicos.
- No te preocupes de nada, añadió Nem Rac, todo saldrá bien. Déjalo en nuestras manos.
Se redactó un bando y los amanuenses hicieron miles de copias. Recorrieron los heraldos el reino. Clavaron el bando en cada árbol del camino, en cada puerta de cada casa. La cita quedaba señalada para el primer domingo de otoño. Por orden de la reina, todas las compañías de cómicos debían estar presentes, abandonar sus compromisos y acudir. Para escoger al mejor, no podía faltar nadie.
A Lea Msi, entretanto, se le fue la mano con el beleño y la amapola y Ginebra durmió siete días y siete noches seguidas. Las pócimas no pudieron evitar que soñase durante cada uno de los minutos y de las horas de aquellos días y aquellas noches. En sueños corría por las calles. En sueños abrazaba el cuerpo de un gigante. En sueños sentía sus labios. Notaba sus manos sobre la ropa, buscando la piel.
Y, como suele suceder, no todos los sueños fueron placenteros. Así, entre todos los horrores de esas horas, la reina recordó el más terrible: la malvada cara del Negro Arien espiando sus pasos.
Arien Rei Vaj era el capitán de la Guardia Real y reputado musulmán converso. De ojos pequeños y barba blanquinegra, su fama de malvado imprimía carácter al cuerpo de guardia e infundía respeto en todos los súbditos del reino. Ginebra lo consentía, lo pasaba por alto y, en ocasiones, le recordaba con su firme voz de mando quién era la reina, quién ostentaba el poder. A él le dejaba un pedazo de gloria y sólo cuando convenía.
Conspirador temible, el Negro Arien había oído las palabras de la reina escondido tras las cortinas del salón; tomó de ellas lo que entendió interesaba a sus planes siniestros.
Así, tras los heraldos reales anunciando el bando por todo el reino, partieron los guardias de Arien. La orden era clara: encontrar al gigante, cargarlo de cadenas y conducirlo en el más absoluto de los secretos a las mazmorras del palacio.
Las compañías de cómicos estaban sorprendidas por el despliegue de medios del anuncio real. Nunca rey alguno había contado con ellos. Los bufones salían de donde fuera y nadie les daba explicación alguna ni por supuesto ellos la habrían pedido.
Acampados en un lugar apartado de todos los caminos, la compañía de cómicos de Harpo, el gigante, discutía. El payaso se negaba a regresar. No quería retornar a la ciudad que tantos recuerdos le traía. Los otros cómicos, por el contrario, querían participar en la selección real. La Señorita de los Tres Pechos estaba convencida de que los elegirían. La Mujer Barbuda también.
Tan sólo Harpo se resistía al regreso. No quería explicar a nadie el porqué. Había pasado el tiempo y prefería seguir olvidando. Su vida había cambiado. Había hecho todo lo posible por conseguirlo. El dolor de la despedida había dejado paso al descontento, el descontento a la rabia y ésta a la resignación. Tan resignado estaba que había consentido en casarse con la Señorita de los Tres Pechos. Los había casado un sacerdote mulián. No hizo preguntas. Apenas llevaban una semana de casados. Ahora ella, su nueva esposa, le pedía que volviese a la ciudad de su amor y su desdicha. No podía hacerlo. No debía.
Harpo había jugado con la suerte. A cada instante recordaba la mirada de Ginebra. Abrir los ojos, decía ella, era ver el sentimiento. Y ver era sentir un poco más. Sentía su olor y su sabor. Eso le consumía de pasión y de deseo. No podía volver. No podía volver a verla. Que fuesen ellos. Él no iría. Así lo hizo saber al resto de la compañía.
Los demás, por el contrario, decidieron presentarse a la convocatoria. La Señorita de los Tres Pechos no demostró dolor alguno. El resto, sólo un poco. La excitación por la partida era tan grande que no cabía otro sentimiento en ellos. Harpo, el payaso, comunicó su decisión de marcharse al Lugar Donde Se Entierran Los Sueños

CAPITULO 4 El chambelán y el hechicero






No tardaron en llegar. Primero el chambelán; después el hechicero. Los dos eran jóvenes. Los tres eran amigos desde siempre. El hechicero apareció desperezándose, recién salido de la cama. Sólo un destello en su mirada llamaba a desmentir esa impresión de sueño reciente. El pelo revuelto, los dientes saliendo de su boca, desbordando la sonrisa.
- Reina, ¿cómo va esa mala vida?
Y se dejó caer en el sillón sin esperar respuesta ni permiso.
El chambelán, de ojos claros y vestido como un dandy, erguido ante Ginebra, ladeó la cabeza escondiendo un gesto, una sonrisa. De nombre Kopa, francés de origen, tenía el rostro sereno y hermoso. Amaba los libros, la comida, las mujeres. Le molestaba cualquier mota de polvo en su ropa. Adoraba la pasión, aborrecía la prisa.
Lea Msi, el hechicero, era la imagen opuesta al chambelán. Nadie, ni la reina siquiera, había logrado verlo fuera de sí. Judío etíope por parte de padre, siempre permaneció fiel al culto de los tejos que le había transmitido su madre, nacida que fuera donde comienza el fin del mundo.
- Reina, mi alquimia me espera, ¿qué ocurre esta vez?
Kopa, el chambelán, le envió una mirada de descontento. Comenzaba a enojarle la actitud de Lea Msi. Ambos sabían lo que ocurría cada noche. Habían seguido a Ginebra. Al principio, por separado. Se descubrieron mutuamente y continuaron la vigilancia juntos. Los dos se habían sorprendido. Los dos se habían alegrado. Cada uno por causas diferentes. Kopa, el chambelán, por el descubrimiento de la pasión que en ella estaba surgiendo. Lea Msi, el hechicero, porque sí. Le parecía una historia hermosa y como tal le divertía.
- Me ha sucedido algo terrible. Un hombre, sin mi permiso, por sorpresa, me besó y... desde entonces no vivo...
Lea Msi se rió sonoramente, con los ojos encendidos de masticar beleño:
- Reina, por favor, no digas eso o me pondré enfermo de risa...
Y continuó retorciéndose entre carcajadas. Kopa, por el contrario, la miró con dulzura.
- Ginebra, dime, ¿por qué no vives? ¿Por añoranza, por enfado, por pasión...?
- No sé lo que me ocurre -acertó a decir la reina- ¡Cómo voy a saberlo! ¡Si lo supiese, no estaríais aquí!
Lea Msi se levantó de un salto, tomó a Ginebra de la cintura, la hizo girar entre sus brazos como había aprendido de las danzas del Yemen y deteniéndose en seco, le gritó:
-¡Guapa! ¡Estás enamorada! Miró a Kopa y dijo: ¿Lo ves, Kopa? Tenía que ocurrir. Tenía que ser un cómico, un vagabundo... ¡Él ha trastornado a nuestra reina! ¡Es magnífico! Ningún rey lo ha conseguido. Un vagabundo, ése sí ha logrado lo que parecía imposible.
-¡Qué sabréis vosotros! ¿Acaso espiáis a vuestra reina?
Ginebra se sentó en la escalera de acceso al trono y comenzó a llorar amargamente. Recordaba a un ciervo herido. Kopa le acarició el pelo.
- Ginebra, mi dulce y tonta Ginebra. Crecer duele. No hay edad para hacerlo. Se crece cada día. Lea Msi tiene razón. Estás enamorada. Nunca nadie, hasta hoy, te había tratado como a un igual. Dominar y ser dominada. Hasta este momento nada sabías de esto. Y esto es el amor. Al menos, podría serlo.
Desde el umbral de la puerta, Nem Rac, presidenta del Consejo de Mujeres del Reino, lo escuchaba todo. Ella también lo sabía; prácticamente todos los leales a la reina habían notado el cambio. Todos habían hecho sus conjeturas. Al final, quien no había llegado a adivinarlo, lo había visto con sus propios ojos.
Nem Rac ocultaba, bajo este nombre falso en lengua bretona, el suyo verdadero. Golpeada por la vida, los tropiezos no habían podido terminar con el brillo de sus ojos grises, a los que Lea Msi, juglar de joven, dedicaba arrebatados monorritmos de dieciséis sílabas. Arrastraba Nem Rac las palabras con el sonido de un lejano país minero más allá del mar, de donde procedía.
- Ginebra, no seas necia. Deja de angustiar a estos pobres hombres. Es normal lo que te ocurre. No pasa nada. Cuestión de hormonas.
Kopa, el chambelán, ofendido por las palabras de Nem Rac, le respondió con un sonoro:
-¡Por favor, no seas ordinaria!
Lea Msi, como era habitual, se rió de ambos. Nem Rac lanzó un beso falso a Kopa con la mano.
- Pobres infelices, ¿qué sabréis de estas cosas? No se trata de una cuestión del cargo que ostentáis y del conocimiento que supuestamente infiere. Es sólo cuestión de hormonas. Nada más que eso. No creo que las hormonas sean ordinarias...
Lea Msi le habló, como solía, en verso:
- Dama de los ojos grises, muéstranos lo que tú ves, con esa voz que tú tienes, di: ¿qué podemos hacer?
- Nada más fácil. Él es un payaso. Ella una reina. No hay problema. Se quieren. Es todo.
Ante aquellas palabras de Nem Rac, Ginebra, despavorida, sobreponiéndose al llanto, gritó:
-¿Estás loca? ¿Qué estás diciendo? ¡Soy la Reina! ¿De qué estáis hablando? ¡No puedo abandonarlo todo por un miserable cómico de tres al cuarto! ¿Qué sería de mi reino?
Kopa guardaba silencio. Lea Msi volvía a reír. Nem Rac sabía que la historia no iba a terminar aquí, y que el final no sería sencillo.













domingo 18 de febrero de 2007

CAPITULO 3 Donde comienza la historia...

NO TODA MENTIRA ES CIERTA...
...
Así que cuando sufras –y lo harás-
por alguien que te amó, procura siempre
acusarte a ti mismo de su olvido
porque fuiste cobarde o quizá fuiste ingrato.
Y aprende que la vida tiene un precio
que no puedes pagar continuamente.
Y aprende dignidad en tu derrota
agradeciendo a quien te quiso
el regalo fugaz de su hermosura.
Advertencia
Felipe Benítez Reyes


Capitulo Primero
Mil suspiros en tu boca

La reina, nuestra reina, nunca quiso reinar. La abrumaba. La aburría. Siempre deseó una vida tranquila. Sin prisas. Con flores, con libros, con patos en un estanque. La Reina siempre tuvo especial predilección por los patos y los estanques. Gallinas ponedoras. Muchos perros. Y naranjos, limoneros y guíndales; ciruelos, manzanos y olivos. Un huerto con lechugas, patatas, judías verdes, cebolletas, comino y perejil. Y girasoles. Y espliego. Y consuelda. Y maravilla. Y verbena... Jamás quiso un jardín. Tampoco un reino. Tenía camelias cuando sólo quería helechos. Rosaledas en vez de matas de narcisos. Cisnes en lugar de patos.
Ginebra había sido reina por destino, por derecho, por desgracia. Impartía justicia con destreza, gobernaba con dulzura. Llevaba al enemigo a su terreno con los ojos y la risa. En ocasiones agitaba la cabeza, hacía un gesto y la ira desbordaba el blanco de sus dientes. Enfadada, hería, vejaba; podía hasta matar con la palabra. Los hombres la temían. Ninguno había logrado conocerla, dominarla. Algunos cortesanos osaban llamarla varonil. Y la reina lo sabía y, al pasar cerca de ellos, retiraba la trenza de su pecho, erguía el busto y sonreía mirando fijamente al infeliz.
No solían preocuparle los tocados, los afeites ni las sedas. Era práctica. A su cara, agua de lluvia. A su cuerpo, aceite puro de oliva y un baño caliente en una tina de ébano construida especialmente para ella.
Su padre, el rey, al que ella lloraba cada día, le decía desde niña:
- Gobernar no es más difícil que administrar una casa grande. No temas.
Y Ginebra nada temía. Sólo aborrecía su trabajo. Quería ser campesina, una campesina feliz. Muchas noches salía del castillo enfundada en una capa carmesí, ropa de labriega y cabello suelto. Paseaba por las plazas, entraba en las tabernas, deambulaba por las callejas y los barrios concurridos de las noches de verano.
Una de esas noches de luna llena y libertad, se encontró con una compañía de cómicos que bailaba por las calles. Los siguió y sentada sobre un montón de troncos disfrutó del espectáculo. Sonaba la música, cantaba La Mujer Barbuda, danzaba la Señorita de los Tres Pechos, un enano rubio lanzaba al aire bolas de colores. Y la gente aplaudía, cantaba, se abrazaba.
Ginebra estaba sola. No tenía con quién compartir la risa y los abrazos.
Al punto de marcharse, un gigante enorme se acercó a ella sonriendo y le ofreció tres flores verdes. Al tomarlas, florecieron veinte narcisos en su mano. Siempre le habían disgustado las sorpresas. Aquel gigante la miraba con su boca llena de dientes blancos; en cada uno de ellos parecían dibujarse mil sonrisas. Dio media vuelta el gigante y continuó ofreciendo regalos al público. Ginebra, con los narcisos en la falda, veía cómo el hombre arrancaba el aplauso de los niños, los lanzaba al aire y los cogía al vuelo entre sus brazos. Besaba a una mujer y a otra.
Al terminar el espectáculo, se deslizó Ginebra por la calle más cercana corriendo hacia el castillo. Sentía algo extraño, no sabía qué. Cada noche, desde entonces, acudió a la plazuela. Cada noche volvía a ocurrir lo mismo: tres flores y veinte narcisos nacían en sus manos. El gigante le hablaba, la miraba y le decía:
- ¡Guapa!, ante el espanto y la sorpresa de Ginebra.
Y cada amanecer tras cada noche, soñaba con el atardecer siguiente. Nadie antes había osado decirle palabras semejantes. Palabras que las demás mujeres encontraban normales fueron magia para la reina, nuestra reina. Paseaba con el gigante por la ciudad, visitaban las tabernas, bebían de la misma copa ron con miel y hierbabuena. Él la tomaba de la mano y la abrazaba. Sorprendida, asustada, así vivía la reina. Sin la noche, sin la voz, sin la palabra del gigante, Ginebra, la auténtica Ginebra, no existía.
Cada día se levantaba contenta. Besaba el aire. Contoneaba la cadera al caminar. Miraba al cielo esperando la noche. Cambió de vestuario. Cuidó más aún su pelo y su piel. Brillaba su mirada con la misma intensidad que una luciérnaga en la noche. Nunca pensó que aquello podría terminar.
Pero, una noche, él la miró con ojos tristes:
- He de irme, seguir mi camino. La función debe continuar.
Y sin dejarla replicar, la arrastró a la pared de la calleja, le apartó el pelo de la cara y la besó.
- Ven conmigo. Únete al circo. Deja que cada día al levantarme sienta los suspiros de tu boca. Déjame sentir cada mañana tu cuerpo contra el mío. Recorre los caminos del mundo en mi carreta...
Ginebra no entendía. Sólo sentía cerca aquella boca. Sólo podía mirar aquellos ojos verdes.
Él no sabía quién era ella. Y ella no podía dejarlo todo y recorrer el mundo en pos de un futuro incierto. Él no podía saber siquiera a quién estaba besando. Ginebra reaccionó y murmuró con frialdad:
- Retira tus manos de mi cuerpo, villano. Aparta tus labios de mi boca. No alcanzas a comprender lo que has hecho. Vete lejos, antes de que pueda arrepentirme y ordene tu muerte de inmediato.
Harpo, aquel payaso gigante, retrocedió sin comprender. Ginebra corrió cegada por la ira y el espanto. Y el deseo. Temblaba por el deseo y la pasión sin lograr poner nombre al sentimiento que la embargaba. No concilió el sueño aquella noche ni las noches que siguieron a la marcha del cómico.
Apenas pasados unos días, un amanecer, la reina, le susurró al espejo:
- Yo también quiero que suspires contra mi boca, payaso.
Y en ese mismo instante ordenó al paje de guardia:
-¡Que venga el chambelán! ¡Que venga el hechicero!












EL DIBUJO FATAL...


CAPITULO 2 El liquen cubría las piedras


......

Con parsimonia, Ginebra se fue quitando los cintos y dejaba caer las armas sobre la hierba. Se descalzó, se quito los pantalones y la camisa de gamuza y caminó hacia el agua. y Ginebra volvió a maravillarse de lo hermosa que era la tierra. El sonido del agua, los gorriones, la hierba; el tacto de la hierba bajo sus pies. El agua estaba caliente, un extraño fenómeno en aquellas tierras. Los físicos daban a la reina toda clase de explicaciones, pero ella les cortaba diciendo que lo único que le importaba era la existencia de la laguna, el porque, carecía de importancia. Se dejó caer en el agua y nadó entre Negro y Bru. Kiro la miraba desde lo alto de una roca. Se zambulló, dejaba el cuerpo bajar hasta donde los pulmones le permitían y regresaba a la superficie. Un ladrido de Kiro la hizo mirar hacia la orilla.
La sangre se le heló. Un hombre la miraba fijamente.
Sentado en una piedra, un hombre, vestido de una forma que ella jamas había visto la miraba; miraba y después fijaba sus ojos en un pergamino que garabateaba sin cesar. Volvía a mirarla y volvía al pergamino.
Ginebra se agarró a la cola de Negro y dejando una estela llegó a la orilla. Los perros la rodearon. Bayan se dejó caer a sus pies.
- ¿Podrías estar quieta un momento? Estoy a punto de terminar...
Ginebra permaneció quieta. El hacha estaba a su alcance. La ballesta un poco mas alejada...
- Ya esta, puedes vestirte cuando quieras. He terminado...
Se acerco Ginebra al zurrón y de el saco una tela con la que comenzó a secarse la piel. La desnudez no la preocupaba, el hombre, el extraño ser de barba poblada sí. En el reino la paz era ley, era sagrada, pero no parecía el individuo uno de sus súbditos. Se vistió sin decir palabra y cuando volvió a mirar al hombre vio que garabateaba sobre un tejo.
El hacha salió disparada de la mano de la reina y se clavó en la madera, un trozo de barba cayó sobre la hierba.
- Podrías haberme matado, mujer.
- Estas hiriendo al tejo, villano. Y si quisiera matarte no te habría cortado un trozo de barba, no lo dudes.
- Bien. Eso me tranquiliza. De todas formas, tu lo has herido mas, en fin... Mira...
Y extendió un pergamino a Ginebra. Antes de mirar el pergamino, Ginebra, arrancó el hacha del tejo. Paso su lengua por la hendidura que el tajo había hecho, y al momento desapareció.
- ¡Ah! Eres maga...
- No, reina.
- Bien, yo no creo en eso. ¿ Que te parece?
- ¿ En que no crees?
- En ser rey; no creo en nada. Mira el pliego
Ginebra miró el pliego. Bayan, Negro, Kiro, Bru y el resto de sus perros estaban dibujados, rodeándola, ella desnuda. La cascada, el remanso de agua...
- ¿Cómo has podido hacer esto en tan poco tiempo? Tu si eres mago.
- Hace rato que vengo siguiendote. He visto como caminabas, y aunque te disfrazas de hombre, no logras esconder las curvas. Eres muy redonda; si, lo eres.
- ¿ Gorda?
- He dicho redonda, no gorda. Me gustas. ¿ Tienes algo de comer?
Ginebra estaba confusa. El hombre hablaba con una lengua extraña. Utilizaba palabras que tardaba en comprender y no le asustaba lo mas mínimo el haber dibujado a la reina desnuda. No era del reino, eso hacia rato que Ginebra lo sabia. Nadie se mostraba así ante su presencia.
- No tengo nada de comer. ¿Cómo te llamas y de donde eres?
- Lokot. No sé de donde soy. Creo que he perdido la memoria. Escapé.
- ¿Eres un fugitivo, un penado?
- Un fugitivo si, y pena tengo, si...
- ¿ Cómo has llegado aquí?
- No se... Entre en una caverna y salí por un tronco. Por allá...
- ¿ Has atravesado el Camino del Mundo Oscuro? Nadie salvo Yamaye puede hacer eso, nadie...
- Bueno, yo lo hice. Si me das algo de comer yo te doy mas pergaminos con dibujos.
Ginebra pensó que el hombre era un loco, un pobre loco. Bien le venia su nombre.
- Espérame aquí, regresare en un momento. No te muevas.
Se colgó el carcaj de un hombro y cargó la ballesta. Se adentró en el bosque y al cabo de unos minutos vio lo que esperaba. Una liebre salía y entraba de su madriguera. Tensó la ballesta y disparó. El dardo atravesó el cráneo. El animal se retorció y quedó inerte. Bru lo agarró entre los dientes, con cuidado, y regresó con Ginebra a la laguna.
El que decía llamarse Lokot continuaba dibujando.
- Prepara un fuego, te he traído comida.
- No quiero esa comida, tiene pelo. No como pelos. Si comiese pelos me habría tragado mi barba hace rato.
- ¡ Prepara fuego!
Y mientras el hombre extraño se peleaba con las ramas, la yesca y el pedernal, Ginebra desolló a la liebre. Con un cuchillo arrancó limpiamente la piel al animal. En una sola pieza. De un tajo le extrajo las tripas. Lavó la pieza en la laguna, la inserto en un palo y la puso sobre el fuego.
- Será liebre ahumada y quemada, no has hecho brasas.
- Yo no soy un brasero...
Desistió Ginebra de comprender al hombre y al rato estaban masticando la carne.
- Toma, es uva sin fermentar, esta dulce, Loko
- Lokot. No loco... ¿ Tu como te llamas?
- Ginebra...
- Toma estos dibujos te los doy por la liebre. Tenias razón, sabe bien, no tiene pelo. ¿ Cuándo nos vamos?
- ¿A donde?
- A donde tu digas. Yo no se ir a ningún sitio, y no pienso regresar al lugar de donde vengo. Podrás darme un trabajo y un cobijo. ¿ No eres reina?
- Si, soy reina. Pero que trabajo te daría, Lokot. ¿ Dibujante real?
Sonrío la reina al pronunciar las palabras. El loco estaba pareciéndole un buen hombre. Yamaye se encargaría de descubrir su secreto.
- Bien. Dibujante. Lo de real lo suprimes. Te he dicho que no creo en eso. No creo en nada, Ginebra.
Colgó la reina la piel en el mosquetón de cuero y emprendieron camino.
El hombre hablaba sin parar y silbaba; los perros olisqueaban el manto que lo cubría y Ginebra lo miraba de reojo. Anochecía y ahora si extrañaba la presencia del cuervo, el Hechicero estaría entretenido con Nen-Rac. Los perros frenaron el paso en seco y Negro aulló. Ginebra miró alrededor y el hombre de la túnica la miró a ella.
- ¿ Van a matarnos?
- ¿ Que dices, Lokot? ¿ Quién va a matarnos? ¡Cállate, algo sucede!
- A los reyes los asesinan. Yo no soy valiente, así que no cuentes conmigo para tu defensa. Soy un cobarde confeso.
- ¡ Guarda silencio, necio!
Pensaba Ginebra en los hombres de Zappa Bledo. Podría el conde intentar su secuestro. Sus hijos...
Descolgó la ballesta de su espalda y colocó seis flechas en el contenedor; tensó la cuerda con la gafa, la montó en la nuez y comprobó que el muelle de acero estaba en la posición correcta.
Negro aullaba sin cesar y los perros lo imitaban. Un grito del hombre la hizo girar. A punto estuvo de soltar la ballesta. El loco se enfrentaba a un oso pardo con una vara de avellano. La agitaba frente a la bestia mientras gritaba.
- ¡ Haz algo! ¿ No eres reina? ¡Haz algo!
Se abalanzaron los perros y lobo contra la bestia y Bayan se arrojó a los ojos del oso. Enfurecido, arremetió a zarpazos contra el halcón y los perros. Salieron dos despedidos por el aire y Ginebra disparó la ballesta hasta que el deposito quedó vacío. Todas las flechas habían dado en el blanco, pero el oso avanzaba hacia ella. Lokot se abrazaba a un tejo intentando alcanzar las ramas y encaramarse en ellas.
- ¡ Déjalo! ¡Súbete a un árbol! ¡ Deprisa!
- Los osos suben a los arboles, cobarde.
Desempuño el puñal y dejó caer los correajes con el resto de las armas. La situación era absurda. De no haber sido por el miedo que sentía se habría reído. Avanzó al encuentro de la bestia y cuando la tuvo cerca cerró los ojos y se lanzó contra ella. Buscaba el corazón y retorcía los dardos que el oso llevaba ensartados. De un zarpazo la lanzó contra el tejo donde había buscado refugio Lokot. Miró hacia lo alto y no tuvo duda alguna: era un loco. Estaba dibujando... Kiro se acerco a ella le enganchó por la camisa de gamuza y la ayudo a incorporarse. Negro atacaba a la alimaña una y otra vez y Bru lo ayudaba. Ginebra recupero el cuchillo y volvió a lanzarse entre las zarpas del oso. Esta vez dejo que por un segundo su oído se pegase a la piel de la fiera. Cuando estuvo segura agarró el cuchillo con las dos manos, tomó impulso y lo hundió en la fiera. El oso, herido de muerte, aun tuvo fuerza para volver a lanzarla por los aires. Esta vez la fortuna no fue tan amable y la cabeza chocó violentamente con una piedra.
Aun tuvo tiempo de escuchar como Lokot gritaba:
- ¡ Eso, ahora muérete y deja que me coma esa bestia inmunda! ¡ Menuda reina!
Y entre las lagrimas que le provocaba el dolor vio como un hombre avanzaba y con una maza golpeaba la cabeza del oso que aun se retorcía. Intentó gritar, decir un nombre, pero murió el sonido justo en sus labios. Lasco no lo escuchó.
- ¡ Si ella muere, yo mismo te daré a trozos como comida a los cuervos, villano!
- No morirá, mira.
Señaló el hombre extraño la espalda de Ginebra. Entre sangre y tierra pegada a la piel, un dibujo aparecía. Un ojo llorando sobre un narciso.
Mientras tapaba a Ginebra con una manta y le limpiaba las heridas con hojas, Lasco respondió a Lokot.
- ¿ Que hay de extraño en esto? Es su marca, nació con ella. Ayúdame.
- Ella es la Loba Dulce. Ella evitara el Apocalipsis.
Antes de que Lasco pudiese responder, Yamaye salió de las entrañas de un tejo.
- Hemos de llevarla a palacio de inmediato, Lasco. Traigo graves nuevas...
- ¿ Que sucede, maga?
Y antes de que Yamaye pudiese responder, Lokot lo hizo:
- La seda se ha convertido en paño vil y el aire exhala quejidos...
Y de su mano cayo un pergamino con un dibujo que estremeció a la maga...

martes 13 de febrero de 2007

CAPITULO 1 LA SEDA SE CONVIRTIÓ EN PAÑO VIL Y EL AIRE EXHALABA QUEJIDOS...

Los perros caminaban por delante de la silueta que se abría paso entre las ramas y las hojas del bosque. Uno de ellos detuvo el paso y giró la cabeza. Bru estaba viejo, pensó la figura. Sonrío. Ella también envejecía. Cada día le costaba mas esfuerzo caminar por los bosques y las montañas. Enfundada en un traje de gamuza, los pies calzados con escarpines encarnados y un gorro que cubría su cabello, Ginebra respiró profundo.
Acarició la cabeza del perro y continuó la marcha. Miró al cielo. Creyó ver a un cuervo y torció el gesto. Si era él, si el Hechicero la había seguido, le lanzaría un dardo. Una pequeña ballesta colgaba de su espalda; un hacha, un cuchillo y una espada, del cinto de cuero que descansaba en sus caderas. Del hombro pendía un carcaj lleno de flechas. Todo se había hecho a su medida, fabricado para que pudiese manejar las armas con destreza y rapidez.
La espada, en Damasco, de acero, de una sola colada. Los dardos de madera y acero; la aljaba que los contenía de cuero duro pero ligero. La ballesta se la habían fabricado en oriente. Un artilugio de repetición que pocos guerreros poseían en aquella parte del mundo donde ella habitaba. Yamaye conocía a un maestro de armas en China, y a través del transmisor de vidas, se lo había encargado. El zurrón estaba vacío, y del mosquetón no pendía pieza alguna.
Metió los dedos en la boca y emitió un silbido. Los perros cortaron el paso en seco y Ginebra miró al cielo de nuevo. No había rastro del cuervo. Extendió un brazo y Bayan reposó sobre el guante de piel. El halcón era un neblí. La tierra de Niebla era cuna de los mejores halcones. Un rey castellano se lo regaló cuando llegó al reino a proponerle matrimonio. Volvió a sonreír la reina: matrimonio...
Se unió a los perros que esperaban quietos y continuaron la marcha. Kiro, un mastín español, lamió la mano de la reina y miro a Bayan. El resto de los perros continuaban camino.
- No pensaras que voy a cargarte como cuando eras un cachorro. Bayan es un pájaro, Kiro, tu no. Nunca debes olvidar quien eres, perro. Es malo, lo sé por experiencia.
Kiro rasco su cabeza blanca y negra contra una pierna de Ginebra y emitió un gruñido.
Caminando entre nogales y encinas llegaron a un claro del bosque. Los perros comenzaron a gruñir, las orejas de Bru se pusieron de punta y quedó quieto junto a la reina. Kiro se interpuso entre ella y una figura que apareció entre unos matorrales. Bayan levantó el vuelo y giraba por encima de la cabeza de Ginebra.
- ¡Quietos!
- Señora...
- Lasco... Veo que continuas cazando en mis tierras. Al menos podrías haberte tomado la molestia de esconderte.
- Tus perros me olieron y no vi la necesidad de matarlos.
- Príncipe, tu arrogancia va en aumento; ni el vivir como un villano te hace perderla. Nunca cambiaras. ¿Que me has robado?
- Vivo como me place, algo que tu no puedes decir. Y no he robado. Nadie roba lo que le pertenece, reina. Unos lobos, si te refieres a mi caza de hoy han sido lobos. Una gamuza pasó a mi lado, pero sus ojos me recordaron otros ojos y la deje seguir su camino...
Ginebra sostuvo la mirada del Príncipe Lasco. De su boca no salieron oraciones a los dioses de los tejos, pero su cabeza las recitaba apresuradamente. Si las mejillas se teñían de rubor estaba perdida.
- ¿Tu que has cazado, reina?
- Nada. Aun.
- Continuo mi camino, recogeré a los animales mas tarde. Sé feliz, reina mía. Buena caza.
- Lasco, algún día podrías confundirte y lanzar un dardo contra Negro. No obtendrías el perdón. Esta vez no, Lasco.
- Negro me ha acompañado, reina. No te preocupes. Jamas mataría a tu más fiel servidor. Que los dioses de los tejos te acompañen, Ginebra.
Lasco continuó su camino y la reina renegó de sus palabras, de todo su comportamiento. No sabia el motivo, pero la desquiciaba, lograba que perdiese la compostura, y eso, hacía años que no le sucedía. Ni volvería a sucederle.
El halcón volvió al guante y reanudaron el paso. Un movimiento entre la hojarasca hizo sonreír a Ginebra. Negro...
- Ven Negro, hoy no te vi al despertarme. Te fuiste sin esperar...
Un enorme lobo de ojos oblicuos se postró ante Ginebra y lamió los escarpines. Se revolcó por la hojarasca y la reina lo acarició con la punta de un pie.
- No seas perezoso, Negro; vamos.
Pasada una hora, la reina y su jauría descansaban a orillas de un lago. Una cascada caía de las montañas y el agua remansaba entre las rocas. Bayan volaba y oteaba la escena desde el cielo o las ramas de los pinos.
CONTINUARA....

INTRODUCCION EL TIEMPO NEGRO EN EL QUE ESCRIBO...

Que los niños aprendan...
Que los adultos no olviden...
Yo La Reina.
Ginebra


Hay tiempos que son oscuros. Negros. Tiempos en los que el miedo hace sucumbir la libertad. Escribo en ese tiempo. Una vez más, la libertad ha sido secuestrada.
En Guantánamo, continúan unos hombres a los que se les ha privado de casi todos los sentidos. El dolor deben de sentirlo.
Nadie, casi nadie habla de ellos. Miedo. Terror. Esos aires recorren el mundo; estos tiempos son oscuros. Jamas sabremos quien lanzó los aviones sobre esas torres gigantescas; quien masacró a las miles de víctimas civiles. Posiblemente no lo sabremos.
Yo si tengo presente a esas víctimas. Y a las víctimas del hambre; y a las víctimas del SIDA que no tienen derecho a medicamentos por ser negros y famélicos. Una forma más de resolver la superpoblación de esos países. Yo si tengo presente que cuando el hambre azota, la muerte acecha. A todos. No hay mejor caldo de cultivo que el hambre y la miseria para provocar muertes: la de todos.
Los gobiernos inyectan el miedo a un enemigo invisible, móvil, desconocido... El miedo mata la libertad y hace más fuerte al tirano. El miedo recorre la Tierra y la libertad se muere de sed. Crece la mentira, anida el odio en las almas de los arboles sagrados de los pueblos...
Que los adultos no olviden...
Que los niños aprendan...
La guerra trae guerra. El hambre odio. La falta de amor traición. La avaricia muertes.
La Bestia ha despertado...